domingo, 7 de marzo de 2010

Una cebolla colgando en mi boca


Era la 1:00 de la tarde, un sábado lluvioso y oscuro fue el pronóstico del clima para la tarde de un 25 de marzo de 2006, mi cumpleaños decimoséptimo. Como el domingo de misa, una salida a comer es la tradición para celebrar los cumpleaños en mi familia. Siempre el festejado decide donde ir y en este caso fui yo, así que el restaurante elegido fue uno de los muchos lugares que me gustaban.

Mi pobre angelito, Julia Roberts, Acertijo, E.T, uno por uno voy mencionando cada personaje de las películas preferidas de mi niñez, que adornan las paredes de hamburguesas El Corral, donde esperaba con ansias el número 28 que indicaba el turno de mi pedido.

La compañía era excelente, mis padres y hermanos con mi novio de cinco años; el regalo esperado, una camisa; la mejor celebración, una buena comida. Todos los elementos se acoplaban a la perfección prometiendo una excelente velada para el resto del día.

Unos pequeños puntos rojos en una pantalla negra formaron por fin el número 28, era la 1: 15 de la tarde y nuestro pedido estaba listo. Una Corralita con queso y verduras, papas en espirales y una malteada de chocolate hacían parte de mi banquete.

Lo primero que comí fue una papa con cuatro esferas que juntas parecían una montaña rusa en espiral, estaba tostada y anaranjada por la cantidad de paprika que tenía, después de pasarla por la salsa blanca y la miel mostaza deje que su crujiente alrededor entrara a mi boca.

Mi próximo bocado llegó en una cuchara roja con una espesa malteada de color café y escarcha de chocolate, cuando la comí su textura empezó a cambiar y se fue derritiendo poco a poco hasta desaparecer por completo, permitiéndome disfrutar un dulce sabor.

El plato más esperado del banquete estaba a punto de ser devorado y mi boca se hacía agua. Tome la hamburguesa entre mis manos y con un mordisco sentí una explosión de sabores: una jugosa carne de res, un queso que después de estar bajo altas temperaturas estira como un chicle, acompañado de lechuga, tomate y por último el ingrediente estrella de la noche, la cebolla, que no tuvo más espacio dentro de mi boca y al terminar el mordisco quedó colgando por fuera logrando un estallido de risas entre todos los presentes.

Mi color empezó a cambiar y pasó de ser un blanco pálido a un rojo intenso, entre carcajada y carcajada la más fuerte de todas era la de mi novio, Simón. La risa de Úrsula, la bruja de La Sirenita, al ver a Erik y Ariel en problemas no se podía comparar con la maldad que salía en cada una de sus carcajadas.

De repente un extraño ruido terminó con las risas y al mirar la cara de mi novio que parecía hirviendo con un color vinotinto, descubrí que gracias a los constantes movimientos de su abdomen una flatulencia se le escapó, fue así como el protagonista del día terminó siendo él y no la cebolla en mi boca.

Antes me gustaban muchos sitios entre ellos mi casa, mi colegio, El Tesoro, pero después de ese día sólo uno se convirtió en mi lugar preferido, hamburguesas El Corral, donde la comida me fascina y me trae excelentes recuerdos con una que otra risa. Procuro siempre pedir hamburguesa con queso y verduras para evocar el día en que mi novio dejó salir una carcajada de su barriga.

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