domingo, 7 de marzo de 2010

Se maneja el amase


En la calle 9, una cuadra más arriba de la Avenida El poblado, Empanadas El Machetico es punto de encuentro para individuos que ansían saborear una deliciosa empanada de las de Nico. Son las 4:00 de la mañana de un sábado y el trabajo empieza, el olor a frito se alza y las primeras empanadas del día caen en manos de jóvenes que acaban de salir de rumbear en el Parque Lleras deseando calmar el hambre y bajar los tragos con comida rápida, buena y barata.

Detrás de una empanada hay todo un proceso de producción. Es lunes a las 6:30 am y Nicolás Duque, dueño del lugar, entra a su oficina. Son las 8:00 am cuando llama a La Mayorista, su gran proveedor, para pedir a domicilio una buena cantidad de papas capira y maíz amarillo. Terminado el pedido llama inmediatamente a su distribuidora de carnes en Envigado para ordenar la cantidad necesaria.

Con los ingredientes en sus manos empieza la preparación del producto. Una mujer morena de unos 28 años de edad es la encargada de cocinar las papas y el maíz, luego Elkin Cartagena un hombre con brazos fuertes y manos grandes entra en acción, con movimientos constantes va amasando el maíz para cuando esté listo dejarlo en bolas de 15 kilos cada una. Dora está lista para estirar la masa con sus propias manos y luego separa pedazos rellenándolos con el guiso (carne desmechada, papa, cebolla, sal y condimento) preparado minutos antes. Son las 2:00 pm y un lote de 50 empanadas está listo para ser entregado a los clientes. “Proceso hecho, proceso entregado” dice Elizabeth administradora del lugar haciendo referencia a que su éxito se debe a un producto fresco y no refrigerado.

Son las 5 de la tarde y Don Jacobo, cliente fiel del lugar, llega pidiendo “lo mismo de siempre”, él un hombre ya entrado en años asegura que este es un lugar para todo el mundo donde se puede ver desde el más rico de los empresarios hasta el más pobre de los mendigos. Taxistas aprovechan horas de descanso y llegan en sus autos amarillos para tomarse un refresco con 2 empanadas acompañadas de ají y limón; Álvaro Uribe, Presidente colombiano, espera en la Casa de Nariño su pedido semanal de los viernes, 50 empanadas de El Machetico.

Es tarde y el sitio está vacío. Jhony, uno de los que toma el pedido, aprovecha el tiempo para practicar inglés, ser el encargado de los visitantes que hablan otro idioma, no es nada fácil. Políticos, deportistas, extranjeros, cantantes, empresarios, negociantes, jóvenes, y gente del común son algunos de los personajes que visitan este lugar cotidianamente.

Con buñuelos y empanadas se creó, hoy los primeros no existen y las segundas el éxito les aseguró. 10 son el número de empleados que diariamente trabajan hasta las 9 de la noche, dispuestos a servir a sus clientes empanadas calientes y recién fritas. Como lo dice su nombre es un machetico, un negocio que llena bien el bolsillo, calmando el hambre y sin vaciar su billetera.

Crónica sobre una invaluable inocencia


Son las nueve de la mañana de un domingo soleado y un pueblo fantasma es el escenario que nos da la bienvenida después de un largo recorrido en bus, donde los sueños y unos cuantos tramos de la carretera, nos acompañaban hacia nuestro destino, Concepción un municipio escondido.

Al observar e indagar un poco, nos inclinamos por pensar que el alma de este lugar está en las caras tímidas e inocentes que esconden personajes, que con su corta edad, deslumbran al hablar de su pueblo natal.

El lomo de una calle empedrada soporta los débiles pasos de una pequeña niña que se esforzaba por llegar pronto donde su maestra, a pesar de su agitada respiración y de tener la cara bañada en sudor, como buena habitante de Concepción, se detuvo un momento para prestarnos atención.

-¿Podemos escribir algo sobre ti? Le preguntamos.
-Claro, respondió.

Luz Neira Arias de 13 años, con la ingenuidad característica de un niño, giró su espalda, inclinó su cuerpo y obedeció de manera literal cada una de las palabras que escuchó: nos prestó su espalda para escribir algo sobre ella.

A simple vista Concepción no tiene mucho para regalar, pero si nos adentramos en los cimientos de su historia, en las grietas que esconden las puertas y ventanas de madera y en el laberinto de piedras que trae el rio, descubrimos un lugar con caminos para andar e historias para explorar.
La abundancia de los suelos permite cultivar fresas, guayabas, papas, café, plátanos, caña, entre otros, que se convierten en el sustento de la mayoría de sus habitantes. Pero no solo alimentos es lo que se cultiva allí, también sueños, esperanzas y futuro.

En una mañana cualquiera, Santiago Cifuentes repitió una vez más lo que era su rutina diaria. Mientras lanzaba el bagazo de la panela al horno no se le ocurrió pensar, que aquello que se convertiría en combustible, en cuestión de segundos, ardería en su mano derecha dejándole una marca imborrable.

Santiago, recostado en una pared de una casa blanca con puertas azules, sonreía tímido ante las preguntas que le hacíamos. A pesar de haber sufrido una quemadura de segundo grado su esperanza de tener un mejor futuro estaba puesta en El Trapiche, ese, que a sus 6 años le impidió la oportunidad de estudiar, dejándole el trabajo como única opción.

Dos caras distintas de una misma realidad nos reflejan la cotidianidad de nuestra sociedad, unos, luchando por subsistir, trabajando arduas horas del día, y otros con sed de aprendizaje anhelando una mejor vida.

Una cebolla colgando en mi boca


Era la 1:00 de la tarde, un sábado lluvioso y oscuro fue el pronóstico del clima para la tarde de un 25 de marzo de 2006, mi cumpleaños decimoséptimo. Como el domingo de misa, una salida a comer es la tradición para celebrar los cumpleaños en mi familia. Siempre el festejado decide donde ir y en este caso fui yo, así que el restaurante elegido fue uno de los muchos lugares que me gustaban.

Mi pobre angelito, Julia Roberts, Acertijo, E.T, uno por uno voy mencionando cada personaje de las películas preferidas de mi niñez, que adornan las paredes de hamburguesas El Corral, donde esperaba con ansias el número 28 que indicaba el turno de mi pedido.

La compañía era excelente, mis padres y hermanos con mi novio de cinco años; el regalo esperado, una camisa; la mejor celebración, una buena comida. Todos los elementos se acoplaban a la perfección prometiendo una excelente velada para el resto del día.

Unos pequeños puntos rojos en una pantalla negra formaron por fin el número 28, era la 1: 15 de la tarde y nuestro pedido estaba listo. Una Corralita con queso y verduras, papas en espirales y una malteada de chocolate hacían parte de mi banquete.

Lo primero que comí fue una papa con cuatro esferas que juntas parecían una montaña rusa en espiral, estaba tostada y anaranjada por la cantidad de paprika que tenía, después de pasarla por la salsa blanca y la miel mostaza deje que su crujiente alrededor entrara a mi boca.

Mi próximo bocado llegó en una cuchara roja con una espesa malteada de color café y escarcha de chocolate, cuando la comí su textura empezó a cambiar y se fue derritiendo poco a poco hasta desaparecer por completo, permitiéndome disfrutar un dulce sabor.

El plato más esperado del banquete estaba a punto de ser devorado y mi boca se hacía agua. Tome la hamburguesa entre mis manos y con un mordisco sentí una explosión de sabores: una jugosa carne de res, un queso que después de estar bajo altas temperaturas estira como un chicle, acompañado de lechuga, tomate y por último el ingrediente estrella de la noche, la cebolla, que no tuvo más espacio dentro de mi boca y al terminar el mordisco quedó colgando por fuera logrando un estallido de risas entre todos los presentes.

Mi color empezó a cambiar y pasó de ser un blanco pálido a un rojo intenso, entre carcajada y carcajada la más fuerte de todas era la de mi novio, Simón. La risa de Úrsula, la bruja de La Sirenita, al ver a Erik y Ariel en problemas no se podía comparar con la maldad que salía en cada una de sus carcajadas.

De repente un extraño ruido terminó con las risas y al mirar la cara de mi novio que parecía hirviendo con un color vinotinto, descubrí que gracias a los constantes movimientos de su abdomen una flatulencia se le escapó, fue así como el protagonista del día terminó siendo él y no la cebolla en mi boca.

Antes me gustaban muchos sitios entre ellos mi casa, mi colegio, El Tesoro, pero después de ese día sólo uno se convirtió en mi lugar preferido, hamburguesas El Corral, donde la comida me fascina y me trae excelentes recuerdos con una que otra risa. Procuro siempre pedir hamburguesa con queso y verduras para evocar el día en que mi novio dejó salir una carcajada de su barriga.

Al recibir la invitación para asistir a una caminata nocturna con La Corporación Arrieros de la Noche me dio mucha curiosidad. Pensaba cómo sería caminar de noche en caminos de herradura, como lo harían hace muchos años los campesinos de la región.

Al llegar a la Terminal del Norte me pude reunir con mis compañeros, algunas personas de la organización se alcanzaban a distinguir en medio de la multitud de personas que iban a emprender su viaje hacia diferentes pueblos.

Después de un rato de espera nos presentaron al guía o líder de la caminata que iba a arrancar de Granada a El Peñol. A las 6:45 de la tarde ingresamos al bus, para emprender un viaje que nos tomaría alrededor de 2 horas.

A las 8:50 de la noche llegamos al pueblo donde se iniciaría el trayecto. Luego de bajarnos un poco acalambrados del automotor, el líder nos indicó que en 45 minutos nos debíamos encontrar en el atrio de la Iglesia, nos dijo también cuales eran los sitios en los que vendían alimentos para comer antes de emprender las 9 horas de caminata.

Luego de conocer un poco las calles del lugar y alimentarnos bien, llegamos al punto de encuentro. La maratón nos fue adentrando en la montaña. Era un terreno difícil, lleno de huecos, piedras y en algunas partes lodo.

Los primeros metros de ascenso fueron muy duros para todos pero el tiempo se hizo corto y en un abrir y cerrar de ojos llegamos a la primera parada. La escuela. Allí casi todos nos relajamos, comimos y nos sentamos a conversar. Hubo otros que aprovecharon el tiempo y decidieron dormir para reunir un poco más de fuerzas de cara al resto de la caminata.
El frío nos acompaño hasta la segunda estación, una casa. Era pequeña pero muy acogedora. Allí nos esperaban los alimentos recién preparados. Muchos buscamos el calor al interior de una de las habitaciones. Mientras tanto los caminantes más veteranos se integraban como si fuera la fiesta de fin de año en una empresa. Todos compartían sus experiencias, se reían y gozaban con cada intervención, sin importar el cansancio y la baja temperatura que hacía en el momento.

El líder y los guías al ver la fatiga que teníamos muchos del grupo decidieron tomar un camino más corto. Poco a poco el sol iba apareciendo y el destino final se acercaba. Las lomas del último tramo parecían interminables. Yo ya no sentía prácticamente mis pies. Los ojos se me cerraban. Pero estábamos a punto de acabar y el resto de caminantes nos alentaban a seguir adelante.
Finalmente entramos a El Peñol. Fuimos en busca de las busetas que nos traerían de vuelta a Medellín. Esperamos que el resto del grupo llegara para confirmar que todos habían terminado el recorrido sin ningún problema. Compré el tiquete, me senté en la silla y caí inconsciente.

Cuando desperté ya estaba de nuevo en la Terminal del Norte, me sentía agotada pero tenía la satisfacción de haber llegado a la meta y de conocer desde una mirada nocturna las riquezas nos rodean y que se esconden detrás de las selvas, que han sido opacadas por conflicto armado.