
Al recibir la invitación para asistir a una caminata nocturna con La Corporación Arrieros de la Noche me dio mucha curiosidad. Pensaba cómo sería caminar de noche en caminos de herradura, como lo harían hace muchos años los campesinos de la región.
Al llegar a la Terminal del Norte me pude reunir con mis compañeros, algunas personas de la organización se alcanzaban a distinguir en medio de la multitud de personas que iban a emprender su viaje hacia diferentes pueblos.
Después de un rato de espera nos presentaron al guía o líder de la caminata que iba a arrancar de Granada a El Peñol. A las 6:45 de la tarde ingresamos al bus, para emprender un viaje que nos tomaría alrededor de 2 horas.
A las 8:50 de la noche llegamos al pueblo donde se iniciaría el trayecto. Luego de bajarnos un poco acalambrados del automotor, el líder nos indicó que en 45 minutos nos debíamos encontrar en el atrio de la Iglesia, nos dijo también cuales eran los sitios en los que vendían alimentos para comer antes de emprender las 9 horas de caminata.
Luego de conocer un poco las calles del lugar y alimentarnos bien, llegamos al punto de encuentro. La maratón nos fue adentrando en la montaña. Era un terreno difícil, lleno de huecos, piedras y en algunas partes lodo.
Los primeros metros de ascenso fueron muy duros para todos pero el tiempo se hizo corto y en un abrir y cerrar de ojos llegamos a la primera parada. La escuela. Allí casi todos nos relajamos, comimos y nos sentamos a conversar. Hubo otros que aprovecharon el tiempo y decidieron dormir para reunir un poco más de fuerzas de cara al resto de la caminata.
El frío nos acompaño hasta la segunda estación, una casa. Era pequeña pero muy acogedora. Allí nos esperaban los alimentos recién preparados. Muchos buscamos el calor al interior de una de las habitaciones. Mientras tanto los caminantes más veteranos se integraban como si fuera la fiesta de fin de año en una empresa. Todos compartían sus experiencias, se reían y gozaban con cada intervención, sin importar el cansancio y la baja temperatura que hacía en el momento.
El líder y los guías al ver la fatiga que teníamos muchos del grupo decidieron tomar un camino más corto. Poco a poco el sol iba apareciendo y el destino final se acercaba. Las lomas del último tramo parecían interminables. Yo ya no sentía prácticamente mis pies. Los ojos se me cerraban. Pero estábamos a punto de acabar y el resto de caminantes nos alentaban a seguir adelante.
Finalmente entramos a El Peñol. Fuimos en busca de las busetas que nos traerían de vuelta a Medellín. Esperamos que el resto del grupo llegara para confirmar que todos habían terminado el recorrido sin ningún problema. Compré el tiquete, me senté en la silla y caí inconsciente.
Cuando desperté ya estaba de nuevo en la Terminal del Norte, me sentía agotada pero tenía la satisfacción de haber llegado a la meta y de conocer desde una mirada nocturna las riquezas nos rodean y que se esconden detrás de las selvas, que han sido opacadas por conflicto armado.
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