
Son las nueve de la mañana de un domingo soleado y un pueblo fantasma es el escenario que nos da la bienvenida después de un largo recorrido en bus, donde los sueños y unos cuantos tramos de la carretera, nos acompañaban hacia nuestro destino, Concepción un municipio escondido.
Al observar e indagar un poco, nos inclinamos por pensar que el alma de este lugar está en las caras tímidas e inocentes que esconden personajes, que con su corta edad, deslumbran al hablar de su pueblo natal.
El lomo de una calle empedrada soporta los débiles pasos de una pequeña niña que se esforzaba por llegar pronto donde su maestra, a pesar de su agitada respiración y de tener la cara bañada en sudor, como buena habitante de Concepción, se detuvo un momento para prestarnos atención.
-¿Podemos escribir algo sobre ti? Le preguntamos.
-Claro, respondió.
-Claro, respondió.
Luz Neira Arias de 13 años, con la ingenuidad característica de un niño, giró su espalda, inclinó su cuerpo y obedeció de manera literal cada una de las palabras que escuchó: nos prestó su espalda para escribir algo sobre ella.
A simple vista Concepción no tiene mucho para regalar, pero si nos adentramos en los cimientos de su historia, en las grietas que esconden las puertas y ventanas de madera y en el laberinto de piedras que trae el rio, descubrimos un lugar con caminos para andar e historias para explorar.
La abundancia de los suelos permite cultivar fresas, guayabas, papas, café, plátanos, caña, entre otros, que se convierten en el sustento de la mayoría de sus habitantes. Pero no solo alimentos es lo que se cultiva allí, también sueños, esperanzas y futuro.
En una mañana cualquiera, Santiago Cifuentes repitió una vez más lo que era su rutina diaria. Mientras lanzaba el bagazo de la panela al horno no se le ocurrió pensar, que aquello que se convertiría en combustible, en cuestión de segundos, ardería en su mano derecha dejándole una marca imborrable.
Santiago, recostado en una pared de una casa blanca con puertas azules, sonreía tímido ante las preguntas que le hacíamos. A pesar de haber sufrido una quemadura de segundo grado su esperanza de tener un mejor futuro estaba puesta en El Trapiche, ese, que a sus 6 años le impidió la oportunidad de estudiar, dejándole el trabajo como única opción.
Dos caras distintas de una misma realidad nos reflejan la cotidianidad de nuestra sociedad, unos, luchando por subsistir, trabajando arduas horas del día, y otros con sed de aprendizaje anhelando una mejor vida.
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