lunes, 15 de febrero de 2010

Me sabe a recuerdos


Son las seis de la mañana, hace mucho frio y estoy parada al frente de la Placita de Flórez. Me encontraría con un lugar al aire libre lleno de proveedores con flores y baldes de mil colores, eso pensé, vaya sorpresa la que me llevé cuando vi ante mis ojos una gran bodega con amplias puertas y solo un pequeño grupo de vendedores a su alrededor.

Son las 6:15 de la mañana, descubrir el olor de la Placita es mi desafío. Se empieza a entrever un movimiento agitado y constante que impregna a cada uno de las personas que allí se encuentran, al principio todo parecía tranquilo pero cada segundo que avanza los colores se intensifican, los olores se concentran, los sabores son más diversos y los vendedores superan a los corredores de bolsa en cuanto a agilidad para las ventas.

Es el lugar más exótico conformado por la mercancía más común, carne, frutas, verduras, menjurjes y flores hacen parte de la selecta mercancía que podemos encontrar. Buena calidad y sobre todo los bajos precios hacen de este un lugar atractivo para el típico antioqueño rebuscador, buen trabajador y echado para adelante que lastimosamente con una hora de trabajo gana ocho mil pesos y tiene un vecino que por un segundo que se demora oprimiendo un gatillo gana mínimo doscientos mil, así sí es muy duro conseguir platica.

Después de contextualizarme un poco en este entorno me puse en la tarea de responder mi primera pregunta ¿a qué sabe la placita? El sol empieza a calentar un poco más, yo estoy en el tercer nivel y me acerco al local de Álvaro Antonio Vallejo, vendedor de frutas, para intentar revelar el enigmático sabor de este atractivo lugar.
Tomo una puntica bajo hasta el final, luego otra y repito la misma acción, despojo con mucha delicadeza y atención la cascara del banano extrayendo todas esas pecas de su amarilla y lisa piel, dejando al descubierto un claro y texturizado interior.
Después de un pequeño mordisco abro los ojos y estoy sentada en un Renault 9 modelo 1994 azul claro, me encuentro en el asiento trasero del vehículo, mientras saboreó mi delicioso banano muerdo algo duro y descubro que es un diente, el primero que se me cae. No sabía que viajar en el tiempo era tan fácil.

Diez minutos más tarde vivió otra experiencia no muy distinta a la anterior pero esta vez estoy en el segundo piso y las legumbres son mi estación de parada, pruebo un poco de cebolla que uno de los vendedores estaba picando, y comencé de nuevo mi viaje hacia el pasado.
Estoy sentada en el comedor de mi tía con un plato de ensalada gigante, odio las verduras y sé que es mi única opción de comida, con el valor característico de un soldado que se enfrentará a una batalla tomo el tenedor con mi mano derecha y lo introduzco en mi boca mastico un poco y siento la satisfacción de una batalla vencida.
Abro los ojos y el vendedor me mira extrañado, no sé que hice mientras los tenía cerrados. Tengo mi respuesta y es así como descubro a lo que me sabe la Placita de Flórez, a recuerdos.

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