lunes, 15 de febrero de 2010

Todo en uno


Incrustado en el centro de Medellín, un pequeño lugar, es el punto de encuentro para cuerpo ambulantes que buscan encontrar un destino donde puedan ser ellos mismos, sin ser señalados, juzgados ni criticados.

A las nueve de la noche, un jueves 14 de febrero, en el Parque del Periodista el frío es penetrante, se unen cuerpos y mentes que buscan calor en el otro; algunos lo encuentran en una persona, otros un poco menos mundanos en las drogas. La piel erizada y agitación de los cuerpos es constante en todos los presentes.

Las raíces que emergen del suelo dan vigor al árbol gigante que aporta al aspecto oscuro, sucio y tenebroso de esta pequeña isla que parece acomodada a la fuerza entre Girardot con Maracaibo. La gente que por él camina lo convierte en un lugar llamativo lleno de energías y vibras misteriosas envolventes. Acompañándolo se encuentra una estatua que simula movimiento, ese que grita con sigilo en una inscripción casi invisible, algo que muchos ignoran pero otros atienden.

Hombres con cuerpos presentes y mentes ausentes dejan caer sus cuerpos sobre el busto de Manuel del Socorro Rodríguez, fundador del periodismo, ignorando quien fue o que tan significativo es el puesto en el que se encuentra ubicado. A su lado en el paradero de buses hay una antítesis que habla de no dar dinero a los mendigos, siendo ellos una gran parte de los transeúntes de el Parque.

La atmósfera es lóbrega, el consumo de marihuana inmoderado, el suelo se encuentra entapetado por desperdicios que muchos tiran y riquezas que otros pocos recogen. La expresión apagada de un hombre andrajoso con pelo enmarañado y olor a pescado, se transforma cuando saca de la basura unos jeans desgastados y viejos.

Un espacio lleno de contrastes, con una dinámica acelerada acompañada de frenos mortales, inexistente para la mayoría de los medellinenses, es para otros su única realidad tangible.

Antes usado por los periodistas para dialogar sobre temas de interés público, luego exclusivo para los homosexuales y punkeros que disfrutaban de un espacio donde no eran excluidos sino al contrario bien recibidos, ahora para todos. ”Uno aquí ve de todo, esto los viernes y sábados se mantiene hasta las pelotas“, agrega Cindy una vendedora ambulante, que es testigo de la heterogeneidad que se percibe allí.

El Parque del Periodista siempre estará allí vociferando, buscando a personas que no estén de acuerdo con el despotismo de la sociedad colombiana para acogerlas y mostrarles un mundo distinto, libre, sin prejuicios, autónomo; el que cualquier periodista soñaría tener para poder informar con veracidad a la urbe y no engañarlos con información superficial que luego hará más fácil la manipulación.

El Parque es un todo en uno, una ancheta completa, donde hay variedad, muchas cosas para guardar y otras para botar, unas para probar y otras para regalar. Un lugar que evoca amor y odio, miedo y valentía. Un lugar para todos que simboliza una gran minoría que lucha por sus ideales sin importar que tanto sean aceptados o que tanto sean rechazados.

Subidas y bajadas inesperadas


Son las tres y cincuenta de la tarde y hace mucho calor dentro del primer vagón del Metro. Después de unas cuantas estaciones de la línea B aparece el destino final, San Javier. Una estampida de personas sale por las puertas del metro, parece ser que quieren ser los primeros en llegar al Metrocable, con excepciones de cinco niños que lo toman con calma, con la paciencia característica de una persona que ha vivido lo suficiente para no sentir afán.

Hay cuatro cabinas en movimiento esperando ser ocupadas, en una de ellas van los cinco niños que aparentan tener 12 o 13 años pero que cuando empiezan hablar es difícil descifrar su edad, sus palabras están tan llenas de experiencia. Walter, Daniel, Ricardo, Carlos y Walter de Jesús son niños que a plena vista se ven cómo cualquier otro pero que después de algunas palabras pierden toda esa inocencia que en un principio inspiraban.

La cabina es silenciosa pero a medida que el Metrocable avanza la confianza es mayor entre las personas que van en ella, algunas charlas que dejar salir cortas risas empiezan a aparecer en el panorama, antes lo importante era observar cada detalle del paisaje, luego toda la atención recae sobre las voces de los cinco niños que complementan con perfección el recorrido.

Walter de Jesús ha estado en la calle y ha pasado por situaciones mucho peores de las que se pudo imaginar, estuvo envuelto en el mundo de la droga por mucho tiempo pero su fuerza de voluntad fue mucho más valiente que la vida en la calle y desde hace un año decidió entrar a un centro de rehabilitación, la fundación Hogares Claret. Hoy es el guía de los otros cuatro niños y en él, un niño de tan solo 14 años, recae la responsabilidad de mantenerlos fuera de las drogas.

Walter casi recae ese día pero las palabras alentadoras y según Walter de Jesús “claves” lograron que por un día más éste se mantuviera alejado de ese mundo en el que después de entrar es tan difícil salir.

Así transcurre le vida de estos niños casi adolecentes, peleando todo el tiempo contra un pasado que los empuja a volver a caer y un futuro que los impulsa y les promete una vida mejor. Su filosofía de vida “por hoy no, mañana sí” es lo que los hace vivir pensando en el hoy, en el ahora.

Son las cuatro y media de la tarde y es así cómo termina un recorrido corto pero suficiente para entender que muchas veces las vidas de los que rodean la estación de San Javier se asemejan más a una montaña rusa que las mismas subidas y bajadas inesperadas que tanto representan el recorrido en Metrocable hasta la estación Aurora.

Cuando las botellas se terminan, en “Donde Juanchos” está la comida


¡Un Submarino y dos Maicitos sencillos! Grita un mesero, su voz parece ser el pitazo de entrada de un juego de baloncesto donde las cestas dejan de ser en las canastas y son reemplazadas por los platos de icopor. Los espectadores pasan de ser fanáticos de un deporte a hambrientos hombres que piden a gritos cada vez con más fuerza un bocado de lo que podría ser la solución a su dolor de cabeza.

Así comienza una noche de viernes en donde la comida rápida, la grasa y los borrachos son los protagonistas de la velada. El restaurante de comida rápida “Donde Juanchos”, es punto de encuentro para los jóvenes que pretenden bajar un poco el exceso de tragos de toda una noche.

La magia de este restaurante se esconde detrás de las puertas transparentes de una nevera que deja ver los pollos, papas y otros ingredientes, debidamente organizados y congelados, comida que a medida que las botellas de aguardiente se terminan, se cocina.

Cuando el reloj marca las doce de la noche la cenicienta deja caer su zapatilla de cristal escapando del príncipe azul por el afán de llegar pronto su casa, antes de que es hechizo se rompa. En “Donde Juanchos” a esta misma hora comienzan a llegar los príncipes y princesas del aguardiente, tratando de escapar del malestar de la mañana siguiente, dejando caer comida y desperdicios, con el afán de romper rápido el hechizo del alcohol.

A medida que amanece el lugar cada vez tiene más visitantes y el caos comienza a robarse la atención, son las dos de la mañana y en la entrada del restaurante se parquea una camioneta de color verde oscuro, sus vidrios no permiten ver hacia adentro. Los rines modulares y la vibración que producía el reggaetón que estaba a todo volumen dentro del campero, La convierten en la camioneta perfecta para rodar un video musical de El Tigrillo Palma.

De ella se baja un hombre que camina sobre la cuerda floja balanceando su cuerpo de un lado al otro, con una habilidad que parece ser adquirida después de varios años de práctica, El show comienza con su entrada triunfal acompañada de los destellos que lanza su camisa de brillantes y la camándula de murano que lleva colgada en su cuello y a los pocos minutos termina cuando después del primer mordisco deja caer su arepa paisa al piso.

“Las personas salen aparentemente mejor de lo que entran” dice Simón Betancur Retrepo, cliente del restaurante, asegurando que la mayoría de las personas que comen “Donde Juanchos” salen caminando más derecho y hablando más claro de lo que entran.

A medida que avanza los segundos las botellas de aguardiente se acaban y “Donde Juanchos” se preparan manjares de comida para llenar barrigas y evitar el guayabo del otro día. Pero eso sí, si a un agente de tránsito se le ocurre darse un vueltica por ese lugar, como dicen por ahí, se haría el agosto y el negocio de comida rápida para borrachos hambrientos tendría que cambiar su público objetivo, porque el tufo se disimula pero el alcohol en las venas no se manipula.

Me sabe a recuerdos


Son las seis de la mañana, hace mucho frio y estoy parada al frente de la Placita de Flórez. Me encontraría con un lugar al aire libre lleno de proveedores con flores y baldes de mil colores, eso pensé, vaya sorpresa la que me llevé cuando vi ante mis ojos una gran bodega con amplias puertas y solo un pequeño grupo de vendedores a su alrededor.

Son las 6:15 de la mañana, descubrir el olor de la Placita es mi desafío. Se empieza a entrever un movimiento agitado y constante que impregna a cada uno de las personas que allí se encuentran, al principio todo parecía tranquilo pero cada segundo que avanza los colores se intensifican, los olores se concentran, los sabores son más diversos y los vendedores superan a los corredores de bolsa en cuanto a agilidad para las ventas.

Es el lugar más exótico conformado por la mercancía más común, carne, frutas, verduras, menjurjes y flores hacen parte de la selecta mercancía que podemos encontrar. Buena calidad y sobre todo los bajos precios hacen de este un lugar atractivo para el típico antioqueño rebuscador, buen trabajador y echado para adelante que lastimosamente con una hora de trabajo gana ocho mil pesos y tiene un vecino que por un segundo que se demora oprimiendo un gatillo gana mínimo doscientos mil, así sí es muy duro conseguir platica.

Después de contextualizarme un poco en este entorno me puse en la tarea de responder mi primera pregunta ¿a qué sabe la placita? El sol empieza a calentar un poco más, yo estoy en el tercer nivel y me acerco al local de Álvaro Antonio Vallejo, vendedor de frutas, para intentar revelar el enigmático sabor de este atractivo lugar.
Tomo una puntica bajo hasta el final, luego otra y repito la misma acción, despojo con mucha delicadeza y atención la cascara del banano extrayendo todas esas pecas de su amarilla y lisa piel, dejando al descubierto un claro y texturizado interior.
Después de un pequeño mordisco abro los ojos y estoy sentada en un Renault 9 modelo 1994 azul claro, me encuentro en el asiento trasero del vehículo, mientras saboreó mi delicioso banano muerdo algo duro y descubro que es un diente, el primero que se me cae. No sabía que viajar en el tiempo era tan fácil.

Diez minutos más tarde vivió otra experiencia no muy distinta a la anterior pero esta vez estoy en el segundo piso y las legumbres son mi estación de parada, pruebo un poco de cebolla que uno de los vendedores estaba picando, y comencé de nuevo mi viaje hacia el pasado.
Estoy sentada en el comedor de mi tía con un plato de ensalada gigante, odio las verduras y sé que es mi única opción de comida, con el valor característico de un soldado que se enfrentará a una batalla tomo el tenedor con mi mano derecha y lo introduzco en mi boca mastico un poco y siento la satisfacción de una batalla vencida.
Abro los ojos y el vendedor me mira extrañado, no sé que hice mientras los tenía cerrados. Tengo mi respuesta y es así como descubro a lo que me sabe la Placita de Flórez, a recuerdos.

Bienvenida

Bienvenidos a Contemplación Real, un blog que muestra una mirada de lo que abraza mi cotidianidad. Tal vez se pregunten cuál es mi objetivo, yo también me lo pregunté y la respuesta es más fácil de lo que pensé.

Miles de ideas se vienen a mi cabeza al pensar sobre el por qué hay que contar historias; mis primeras esperanzas y sueños surgieron de un cuento de hadas que me contaron, cuando fui creciendo mi primer amor fue el protagonista de una novela y gran parte de mi conocimiento se lo debo a los libros que me narran historias; es imposible pensar en la vida sin tener de antemano el contar como apoyo para el desarrollo de la misma.

Siempre que despierto estoy rodeada de objetos, situaciones y circunstancias que afectan mi día a día y soy una de esas personas que no comparten la idea de ignorar la realidad de las cosas, o simplemente de voltear sin mirar atrás, sin indagar.

Vale la pena arriesgarse e intentarlo todo para que a través de crónicas creemos un mundo que no brille por la ausencia de criterios sino que al contrario se caracterice por la formación de personas con discernimiento y con ideas reales sobre lo que los rodea, con una única manera posible para lograrlo: contando historias.

Disfruten este espacio, participen en su creación y nunca olviden contemplar lo real.