
Incrustado en el centro de Medellín, un pequeño lugar, es el punto de encuentro para cuerpo ambulantes que buscan encontrar un destino donde puedan ser ellos mismos, sin ser señalados, juzgados ni criticados.
A las nueve de la noche, un jueves 14 de febrero, en el Parque del Periodista el frío es penetrante, se unen cuerpos y mentes que buscan calor en el otro; algunos lo encuentran en una persona, otros un poco menos mundanos en las drogas. La piel erizada y agitación de los cuerpos es constante en todos los presentes.
Las raíces que emergen del suelo dan vigor al árbol gigante que aporta al aspecto oscuro, sucio y tenebroso de esta pequeña isla que parece acomodada a la fuerza entre Girardot con Maracaibo. La gente que por él camina lo convierte en un lugar llamativo lleno de energías y vibras misteriosas envolventes. Acompañándolo se encuentra una estatua que simula movimiento, ese que grita con sigilo en una inscripción casi invisible, algo que muchos ignoran pero otros atienden.
A las nueve de la noche, un jueves 14 de febrero, en el Parque del Periodista el frío es penetrante, se unen cuerpos y mentes que buscan calor en el otro; algunos lo encuentran en una persona, otros un poco menos mundanos en las drogas. La piel erizada y agitación de los cuerpos es constante en todos los presentes.
Las raíces que emergen del suelo dan vigor al árbol gigante que aporta al aspecto oscuro, sucio y tenebroso de esta pequeña isla que parece acomodada a la fuerza entre Girardot con Maracaibo. La gente que por él camina lo convierte en un lugar llamativo lleno de energías y vibras misteriosas envolventes. Acompañándolo se encuentra una estatua que simula movimiento, ese que grita con sigilo en una inscripción casi invisible, algo que muchos ignoran pero otros atienden.
Hombres con cuerpos presentes y mentes ausentes dejan caer sus cuerpos sobre el busto de Manuel del Socorro Rodríguez, fundador del periodismo, ignorando quien fue o que tan significativo es el puesto en el que se encuentra ubicado. A su lado en el paradero de buses hay una antítesis que habla de no dar dinero a los mendigos, siendo ellos una gran parte de los transeúntes de el Parque.
La atmósfera es lóbrega, el consumo de marihuana inmoderado, el suelo se encuentra entapetado por desperdicios que muchos tiran y riquezas que otros pocos recogen. La expresión apagada de un hombre andrajoso con pelo enmarañado y olor a pescado, se transforma cuando saca de la basura unos jeans desgastados y viejos.
Un espacio lleno de contrastes, con una dinámica acelerada acompañada de frenos mortales, inexistente para la mayoría de los medellinenses, es para otros su única realidad tangible.
La atmósfera es lóbrega, el consumo de marihuana inmoderado, el suelo se encuentra entapetado por desperdicios que muchos tiran y riquezas que otros pocos recogen. La expresión apagada de un hombre andrajoso con pelo enmarañado y olor a pescado, se transforma cuando saca de la basura unos jeans desgastados y viejos.
Un espacio lleno de contrastes, con una dinámica acelerada acompañada de frenos mortales, inexistente para la mayoría de los medellinenses, es para otros su única realidad tangible.
Antes usado por los periodistas para dialogar sobre temas de interés público, luego exclusivo para los homosexuales y punkeros que disfrutaban de un espacio donde no eran excluidos sino al contrario bien recibidos, ahora para todos. ”Uno aquí ve de todo, esto los viernes y sábados se mantiene hasta las pelotas“, agrega Cindy una vendedora ambulante, que es testigo de la heterogeneidad que se percibe allí.
El Parque del Periodista siempre estará allí vociferando, buscando a personas que no estén de acuerdo con el despotismo de la sociedad colombiana para acogerlas y mostrarles un mundo distinto, libre, sin prejuicios, autónomo; el que cualquier periodista soñaría tener para poder informar con veracidad a la urbe y no engañarlos con información superficial que luego hará más fácil la manipulación.
El Parque es un todo en uno, una ancheta completa, donde hay variedad, muchas cosas para guardar y otras para botar, unas para probar y otras para regalar. Un lugar que evoca amor y odio, miedo y valentía. Un lugar para todos que simboliza una gran minoría que lucha por sus ideales sin importar que tanto sean aceptados o que tanto sean rechazados.


